
Sonrisas y lágrimas
A lo largo de nuestra existencia y acompañándonos en nuestro proceso vital, experimentamos un amplio abanico de emociones que debemos tratar de gestionar en nuestro día a día para lograr un óptimo estado anímico y bienestar personal.
Una emoción es la respuesta individual y subjetiva que nuestro cerebro emite ante un estímulo determinado, produciéndose así cambios neuroquímicos, fisiológicos y conductuales.
Estas reacciones psíquico-comportamentales no son más que una forma adaptativa del individuo al percibir determinados objetos, personas y situaciones.
Muchas han sido las taxonomías descritas por diferentes autores estudiosos de esta disciplina y muchas las investigaciones en laboratorio referentes al ámbito emocional.
Así, psicólogos como Paul Ekman, pionero en el estudio de este proceso cognitivo, en la década de los 60, diferencia 8 emociones básicas: alegría, tristeza, ira, temor, deseo, asco, interés y sorpresa; todas ellas fruto de un componente biológico y hereditario.
Robert PlutchiK estipula las siguientes: alegría, miedo, confianza, sorpresa, tristeza, anticipación, asco y enojo, desarrollando una teoría en las que clasifica las diferentes emociones básicas y su evolución, ya que promueve que éstas van modificándose con el tiempo con el fin de que los individuos ajustemos nuestra percepción subjetiva a la realidad exterior.
Hoy en día sabemos que existen más de 200 emociones diferentes, divididas en positivas, negativas y variables según el entorno o situación a los que estemos expuestos.
CÓMO PROCESAMOS LAS EMOCIONES
El encargado de controlar y gestionar las emociones es el Sistema Límbico formado por una serie de estructuras (Amígdala, Hipocampo, Hipotálamo, Circunvolución del cíngulo, Septum, Cuerpo mamilar..) situado debajo de la corteza cerebral en el lóbulo temporal.
Poniendo un ejemplo, cuando manifestamos ira, enfado, debido a la exposición a situaciones que nos suscitan aversión, la amígdala activa inmediatamente un proceso neuroquímico, liberando noradrenalina y dopamina y produciéndose una disminución de serotonina.
Algo similar ocurre cuando manifestamos alegría aunque ésta es una emoción positiva al contrario que la ira. Aquí el hipotálamo se encarga de generar serotonina, oxitocina y dopamina que son los neurotransmisores responsables de los estados de felicidad y alegría.
Existen disfunciones o trastornos relacionados con la incapacidad de identificar, manifestar, reconocer y nombrar emociones tanto en uno mismo como en los demás. Es lo que se denomina alexitimia o agnosia interoceptiva cuya etiología son factores orgánicos, psicológicos y sociales y en cuanto a su prevalencia sabemos que notablemente superior en varones que en mujeres.
Como he mencionado anteriormente, todas nuestras emociones poseen una función adaptativa. Así la tristeza se interpreta como una forma de pedir ayuda, promoviendo el altruismo y la cohesión social. La alegría nos permite generar actitudes positivas y aumentar el disfrute de las experiencias vitales, favoreciendo la empatía. La ira es una respuesta de autodefensa y nos ayuda a resolver conflictos y el miedo supone una reacción de alarma para protegernos, manifestando comportamientos de evitación o escape relacionados con nuestro instinto de supervivencia.
Los primeros estudios realizados en el campo de la emoción, evidenciaban que las emociones básicas eran universales, un denominador común en todas las etnias, culturas y sociedades. Sin embargo sabemos que aún dentro de un mismo contexto cultural hay diferencias interindividuales al manifestar y experimentar emociones. Es decir, las vivencias personales, los valores, creencias y normas sociales, determinan la respuesta o reacción de manera subjetiva y la aceptación social marca un patrón de conducta al exteriorizar nuestras emociones.
La clave para una correcta gestión de las emociones es el autoconocimiento, saber identificarlas y conocerlas, evaluarlas, canalizarlas y aceptarlas y empatizar con las emociones de los demás comprendiendo sus perspectivas.